Historia de la quinina
Corría el año 1621 cuando felipe IV sucedía a su padre en el gobierno de un imperio que ya había iniciado su lenta pero inexorable decadencia; siete años después nombraba a don Luis Jerónimo Fernández Cabrera Bobadilla virrey del Perú. En aquel momento se hallaba en pleno auge la extracción de plata de las célebres minas de Potosí. El recién nombrado virrey, que también ostentaba el título de conde de Chinchón, se casó con doña Francisca de Rivera y Enríquez, y pasaron su luna de miel en Lima. La condesa siempre se quejó del clima de la zona y de las numerosas nubes de mosquitos que la molestaban; un día cayó enferma, aquejada de unas altas fiebres que la obligaban a permanecer encamada. El médico personal de los condes diagnosticó, acertadamente, que eran fiebres tercianas (malaria); se le aplicaron los consabidos remedios de la época a base de laxantes y sangrías, que debilitaron aún más a la condesa de Chinchón. Las fiebres no remitían y su situación se hacía día a día más angustiosa, una tarde cuando el sol estaba a punto de desaparecer en el horizonte, un indio se personó en la casa del virrey, portaba un pequeño paquetito para la condesa. Ante la sorpresa general, el citado regalo contenía corteza pulverizada de un árbol peruano, llamado quinaquina, el indígena explicó que era el remedio utilizado por ellos para curar las fiebres. El médico se encogió de hombros, en sus libros no se citaba ese remedio popular. El virrey asumió la responsabilidad y comenzaron a administrar los polvos de quinaquina a su esposa, los resultados fueron espectaculares, poco tiempo después la fiebre había desaparecido y la condesa se había recuperado. Cuando ésta se halló totalmente restablecida, manifestó su deseo de abandonar aquellas tierras inhóspitas que habían estado a punto de matarla y regresar a España, su marido comprendió la situación y accedió. se hicieron los preparativos necesarios para que la condesa partiera, entre los presentes que aquella entregaría a Felipe IV se encontraba un cargamento con la corteza del árbol milagroso. Desgraciadamente la condesa falleció en el viaje, actualmente se halla enterrada en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias; afortunadamente los presentes para el monarca llegaron a Sevilla, desde donde la corteza de quinaquina se cotizó a precio de oro. Inicialmente este nuevo tratamiento se denominó "polvos de la condesa", más tarde se le llamó "polvos de los jesuitas", este cambio de nombre fue nefasto debido a que en aquella época Europa se hallaba desgarrada por las guerras de religión entre católicos y protestantes, éstos se negaron a utilizar este medicamento; tuvieron que transcurrir varias décadas hasta que los protestantes, conscientes de su grave error, comenzaran a prescribir la nueva medicación. En el siglo XVIII Carl von Linneo denominó, en recuerdo del primer paciente de nombre conocido que fue curado de la malaria, al árbol de la quinina con el nombre de cinchona, tal y como ahora se le conoce. La cinchona se halla representada en el actual escudo de la República de Perú.
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