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10 de Febrero, 2006

LA VIEJA MANSIÓN DEL BOSQUE (2ª PARTE)

Por pink_panther - 10 de Febrero, 2006, 20:34, Categoría: Literatura

Se enfrascó en varios quehaceres relacionados con la casa y con la tesis; y al llegar la noche, se fue a su cama, agotado; y volvió a tener las recurrentes pesadillas, pero con más nitidez, en las que la sombra era una vieja con un extraño ropaje, que resultó ser su bisabuela, como pudo comprobar más tarde al encontrar unas antiguas fotografías suyas.

Volvió al villorrio a por provisiones, nada más aparecer allí se dio cuenta de que la gente le miraba con indisimulada hostilidad. Entró en la tienda-bar, donde fue recibido con gran frialdad e incluso con grosería por los parroquianos allí presentes, que no respondieron a su saludo. Incluso el dueño mostraba una actitud recelosa, se negó a venderle las provisiones pedidas. Guillermo se sorprendió mucho y preguntó la causa de todo aquello. El tendero le contestó con gran frialdad:
- Mire, ha ocurrido una desgracia aquí. Usted sabe que a unos tres kilómetros más arriba del camino de su casa vive una familia, que tienen o mejor dicho "tenían" cinco hijos. Ayer, por la noche, el pequeño, de dos años, desapareció de su habitación sin dejar rastro.
- Eso no lo sabía, lo siento mucho, pero ¿por eso me tratan así? No tengo nada que ver con ese desgraciado suceso.
- Pues que ha venido usted a vivir en esta maldita casa y ya vuelven las desapariciones de niños. Lo mismo que cuando vivía su bisabuela. Un nuevo A. en  la casa y un suceso que recuerda otros ocurridos mientras vivía su bisabuela.
- Mi bisabuela, ¿qué tuvo que ver con esos sucesos?
- Mire, le voy a ser franco: su bisabuela tenía mala fama, de que estaba muy versada en magia negra, practicaba extraños y misteriosos rituales, o sea que era una bruja.
- Eso no es posible, no es verdad- contestóle Guillermo, estupefacto y helado al oír aquello. Y se marchó confundido, aturdido, con mil pensamientos revoloteando en su mente, a comprar comida al otro pueblo.

Aquella noche, los sueños fueron más molestos, más intensivos, más inquietantes que en las noches anteriores: veía a su bisabuela que volaba entre los árboles, siempre acompañada de un grande y extraño gato, que también desafiaba las leyes de la gravedad.

Al día siguiente, volvió al desván, a la habitación secreta, ya que intuía que tenía mucho que ver con los extraños sucesos. Miró y hojeó los libros, algunos muy antiguos y encuadernados en piel, entre ellos destacaba el siniestro "Necronomicón", todos trataban sobre brujerías, hechizos y le llamó, poderosamente, la atención un pasaje que hablaba sobre la destrucción de  los brujos mediante el fuego; también leyó otro párrafo en el que exponía como los brujos debían realizar, con cierta frecuencia, el sacrificio de un niño; su lectura lo alarmó y comprendió que la posesión de estos libros significaba algo más que una simple curiosidad en las artes de la brujería. 
Se fijó en el escritorio, que estaba manchado con un extraño líquido viscoso. Miró hacia arriba, por si hubiera goteras, pero recordó que no había llovido. Tocó con cautela el líquido con el dedo  y lo acercó a la luz, era rojo, supo en seguida que era sangre. Se le encendieron todas las alarmas en su cerebro mientras su corazón latía furiosamente. Miró por los rincones, con gran angustia,  descubrió un pequeño agujero en la base de una pared. Impulsado por un repentino presentimiento, se agachó y enfocó la linterna en el agujero. Vio algo raro, agrandó el agujero  y halló, con gran horror y espanto, los huesos y cráneos de niños pequeños. Se quedó paralizado, pero recogió los restos, los metió en una caja de cartón, y los enterró en el jardín.

Luego cogió el automóvil y se marchó al otro pueblo, que tenía biblioteca. Consultó la hemeroteca, y al cabo de un largo rato de búsqueda, encontró noticias de hace muchos años(aproximadamente la época en la que vivió su bisabuela), en las  que se  relataban casos de ataques perpetrados contra niños e incluso de misteriosas desapariciones. También leyó un curioso artículo en el que se relataba la supersticiosa costumbre de que los brujos debían ser enterrados boca abajo, sin ser jamás turbados, excepto para ser quemados por el fuego purificador. Salió todo conmocionado de la biblioteca, dando traspiés. Recordó que en la guantera de su coche tenía una cruz, que había pertenecido a su difunta madre, la cogió y se la guardó en el bolsillo del vaquero.

Regresó a la casona, fue directo al panteón familiar, al ataúd de su bisabuela. Levantó la tapa, y aunque lo presentía, no pudo evitar horrorizarse al ver que los restos de su bisabuela habían sufrido una espantosa metamorfosis; la carne empezaba crecer otra vez en aquellos huesos. Y con ella, dentro de su féretro, el espeluznante cuerpo de aquel niño desaparecido días antes, momificado y seco, como si hubiera estado vacíado.

Guillermo lanzó un grito y salió corriendo del panteón como un loco. Pero, una vez que se calmó, encendió una gran hoguera, sacó el ataúd y lo entregó al fuego. Mientras ardía el ataúd se oyeron unos espantosos gritos de furia y de agonía. Guillermo se tapó los oídos, terriblemente asustado. Y entonces vio como un grande y extraño gato saltaba desde el fuego, con la mirada llameante de furia asesina, hacia él, tirándolo al suelo tras impactar con él, aquella terrorífica criatura estaba atacándolo. Guillermo sujetó el cuello del animal con las manos, comprobando su sobrenatural fuerza, se acordó de la cruz que llevaba en el bolsillo y haciendo acopio de todas sus fuerzas para sujetar a aquel ser con una sola mano, con la otra sacó, con un gran esfuerzo, la cruz y la clavó en la cabeza de aquel animal, éste profirió un espantoso gruñido de dolor y rabia, aflojó su presa hasta soltarlo, se dio media vuelta y se echó a correr desesperadamente hasta que desapareció en la espesura del bosque.

Guillermo, después de curarse las heridas que tenía en la cara y en el cuello producidas por aquel terrorífico gato, sacó sus pertenencias de la casa, las metió en el coche. Seguidamente cogió una lata de gasolina y prendió fuego a aquella maldita casa, y luego se metió en el automóvil, dio un gran acelerón, corrió hacia el camino mientras veía por el retrovisor como la casona ardía, ofreciendo un dantesco espectáculo en medio del crepúsculo; y Guillermo abandonó para siempre  aquella maldita propiedad.

 FIN





   
 

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