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8 de Febrero, 2006

Cultura no tiene previsto el traslado a Valencia del 'Llibre del Repartiment'

Por pink_panther - 8 de Febrero, 2006, 22:51, Categoría: Comunidad Valenciana

Cultura no tiene previsto el traslado a Valencia del 'Llibre del Repartiment'

 Ahí van unas "perlitas":


La ministra de Cultura, Carmen Calvo, aseguró hoy que el Gobierno no tiene previsto trasladar a Valencia el 'Llibre del Repartiment', que se encuentra en el Archivo de la Corona de Aragón ubicado en Barcelona, y acusó al PP de realizar un 'discurso hipócrita' respecto a la unidad de los archivos.

También subrayó que "la unidad del Patrimonio no existe, lo que existe es la titularidad pública" de los bienes e instó al PP a leerse la Constitución y a acatar la legalidad vigente.


¡¡¡Vaya con la ministrilla Dixie y Pixie!!! ¿Ella se habrá leído la Constitución? Por las muestras de "sabiduría y cultura" que ha dado, lo dudo mucho. Le va mejor vestirse con "modelitos", como el de la foto, y hacer el paripé a los titiriteros, ¡otros qué tal!
                   
                                                                             Llibre del Repartiment





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LA VIEJA MANSIÓN DEL BOSQUE (1ª PARTE)

Por pink_panther - 8 de Febrero, 2006, 20:05, Categoría: Literatura

Guillermo  de A. descendía de una antigua familia, cuyos orígenes se remontaban a la época del rey Jaime I El Conquistador. Sus antepasados lucharon y cabalgaron al lado de aquel gran monarca.  En la actualidad, Guillermo vivía en una gran ciudad, alejada de las tierras de sus ancestros.

Al quedarse huérfano siendo un niño, fue criado por unos parientes maternos; y a la muerte de éstos, heredó una pequeña fortuna y una gran finca ubicada en tierras levantinas.

Se trasladó a aquellas tierras con el fin de ver la propiedad familiar, ya que pensaba venderla. Abandonó la autovía para adentrarse en una carretera comarcal, estrecha y sinuosa que le conduciría hacia la finca, puesto que se hallaba ubicada en una de las zonas más agrestes y montañosas del norte levantino.  Por fin, llegó al pequeño pueblo, donde estaban sus propiedades; era un villorrio habitado por agricultores y ganaderos, gente trabajadora y austera. Paró el automóvil delante del bar-tienda, en la plaza principal y entró ahí.  Le atendió el dueño, un hombre corpulento y afable. Pidió un tentempié, y después de intercambiar unas triviales frases, preguntó  por la situación de la finca de sus antepasados; y ante esa pregunta le pareció ver un sutil cambio de expresión en el rostro del tendero. Los pocos parroquianos que estaban sentados en las mesas, se callaron, se giraron y lo escrutaron con una curiosidad no exenta de cierta hostilidad. Guillermo se percató de aquello, pero no le dio importancia,  atribuyéndolo al carácter de la gente de las montañas y a que era forastero.

El dueño del bar le indicó el camino que debía tomar, pues la casa se hallaba bastante alejada del pueblo. Guillermo subió a su automóvil y lo enfiló hacia las  afueras,  siguiendo una pequeña carretera hasta que llegó a una encrucijada, giró a la izquierda y al cabo de un rato vio un frondoso bosquecillo rodeado por un muro,  llegó hasta la  enorme puerta, con doble batiente de hierro forjado. Aparcó el coche delante, se apeó y abrió, con cierto esfuerzo, la puerta, que daba entrada a un camino empedrado, flanqueado por una espesa y frondosa arboleda.
Siguió caminando hasta que llegó  a un claro abierto en medio del bosque, donde se alzaba una vieja y señorial casa, rodeada por un descuidado jardín lleno de maleza. Aquella casa debió conocer mejores tiempos, y estaba compuesta por dos pisos, con grandes balcones de hierro forjado, ya oxidado, y en la planta baja, las ventanas eran amplias y emplomadas. Al lado de la casona, se localizaban la cochera y el establo medio derruidos. La fachada estaba cubierta por hiedra que casi ocultaba la puerta, que era de madera maciza, laboriosamente trabajada, aunque muy estropeada por el paso del tiempo. La abrió, no sin cierto esfuerzo, con una llave que llevaba encima, y accedió a un vasto recibidor, en cuyo fondo destacaba una amplia escalera, con un precioso pasamanos de madera tallada. A los dos lados de la entrada estaban la vieja cocina y un gran salón. El mobiliario estaba bastante bien conservado y era de líneas sencillas y elegantes. Las habitaciones del primer piso eran amplias, con altos techos, y entallados con arabescos y hojas; el segundo piso era un gran desván, en donde se acumulaban varios baúles, viejas sillas de mimbre, y otros objetos diversos.
Guillermo  se sintió atraído por aquella casa, desechó la idea de venderla y pensó en reformarla con el fin de hacerla habitable y así podría quedarse una temporada en ella para preparar su tesis.
Volvió al pueblecito, preguntó al dueño del bar-tienda por unos albañiles, éste le replicó:
- No encontrará albañiles aquí, tendrá que buscarlos en el vecino pueblo de V. – un pueblo más grande y poblado- ¿No pensará usted vivir en esta casa?
- Sí, al menos durante una temporada. Me gusta y además necesito tranquilidad para preparar mi tesis.

El  tendero se le quedó mirando con una extraña expresión mas no dijo nada.

Fue al pueblo indicado, encontró albañiles, los contrató y éstos se pusieron manos a la obra. Se instaló luz eléctrica,  agua corriente, se reformaron el antiguo baño y la cocina, la vieja madera, al ser limpiada y encerada, recuperó su hermoso color. La casa, ya convenientemente reformada,  atrajo aún más a Guillermo.  Este conocía la existencia de un viejo panteón familiar, el cual se hallaba  en una colina, al alcance de la vista desde la casa, pero algo alejado del camino que limitaba la propiedad; y se dirigió allí.
El panteón casi no era visible excepto la gran puerta, ya que había sido excavado en la roca y se hallaba casi cubierto por árboles que habían crecido sin que nadie los hubiera podado durante mucho tiempo. La puerta, al igual que el panteón, había sido construida para que durase siglos, eran más viejos incluso que la casa ya que ésta había sido reformada varias veces desde que se levantó, quinientos años atrás. Esta puerta ofreció cierta resistencia al ser abierta, ya que no había sido utilizada durante mucho tiempo, pero al final cedió y el panteón se abrió ante él. Allí yacían los muertos de la familia, en nichos excavados en la piedra, y de los más antiguos sólo quedaban los restos de los féretros. Todos los ataúdes se hallaban ordenados, menos uno, el más nuevo, que correspondía al de su bisabuela, la última persona que residió en aquella mansión. Éste  parecía estar alterado y sobresalía algo del nicho y además tenía rotas las bisagras de la tapa. Guillermo intentó enderezar el ataúd de su bisabuela, pero la tapa se aflojó más y se movió algo, entonces pudo ver lo que quedaba de su bisabuela, observó con extrañeza que había sido enterrada boca abajo, con una oxidada cruz de Caravaca entre sus omoplatos.
 Se vio, instintivamente, en la obligación de dar la vuelta al esqueleto y cerrar bien la tapa, además quitó la cruz, por considerarla una superstición; y lo hizo con toda naturalidad, sin pensar en que este acto pudiera resultar macabro.


Aquella noche, en la que el viento silbaba entre los árboles, se obsesionó con la idea de que no estaba solo. Oía un sonido de movimiento en el desván, difícil de describir. Subió arriba, estuvo un rato escuchándolo y llegó  a la conclusión de que debían ser ratas; mientras volvía a la habitación pensaba en que debía comprar, sin demora, un raticida.
Sus sueños fueron inquietantes, llenos de fantasmas oníricos, junto con extrañas visiones de una sombra negra acompañada de una pequeña criatura negra.

Al día siguiente volvió  a subir al desván, con el fin de investigar el posible escondrijo de las ratas; palpando las paredes descubrió una puerta camuflada que daba paso a una pequeña habitación de irregulares dimensiones, con una librería llena de viejísimos libros, una mesa alargada con alambiques y extraños frascos, unas sillas colocadas en torno a un pequeño secreter arrimado contra la pared. En el suelo había misteriosos dibujos y  círculos. Del techo pendían extraños animales disecados. Era muy singular el ambiente de aquel cuarto. El secreter era negro, parecía chamuscado y poseía algo que repelía, se diría que había sido usado para algo más que como un simple escritorio. Guillermo pensó que debía investigar más a fondo aquella habitación pues intuía que escondía algo raro.

Fin de la primera parte

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